
Algunos de los recuerdos más viejos que tengo me llevan a el sur de la Argentina, al Valle de Río Negro y su aroma a manzanares en el viento, un poco antes a Valcheta y sus acequias, sus espárragos y sus siestas interminables y a mi abuela materna, compinche de mi niñez hasta mi adolescencia, contando historias, dando caminatas y secundando mis juegos. Las fotos de entonces me muestran una niña regordeta, de cachetes colorados y rulos color miel, ya por entonces había perdido los ojos azules cielo, igualitos a los de mi viejo, que tuve por unos meses y fueron la ilusión de la familia
. Físicamente no herede nada de papá, soy un calco de mi vieja, de ella saque también la voz y el carácter, pero en la sangre, con el tiempo, empezaron a brotar los genes paternos, y herede su terquedad, su formalidad y sus conservadorismos (mi viejo era muy protocolar), su amor por los libros (al que también colaboraron ampliamente mis abuelas), su amor por la poesía de Ruben Darío y por la bendita “Academia”.
Por esos entonces, mi familia era nómada, mi papa tenia un trabajo que nos llevaba de un lado a otro, un año en Bariloche, dos años en Río Colorado, dos en Valcheta, alguno en Viedma. Mamá tenia una agilidad prodigiosa en armar y desarmar mudanzas.
Mis primeros años escolares me encontraron casi sin amigos, cuando comenzaba a tomar confianza con mis compañeros, volvíamos a mudarnos y así me convertí desde chiquitita en un ratón de biblioteca…devoré cuanto libro infantil caía en mis manos: Alicia en el país de las maravillas, Heidi, Mujercitas, Corazón, Juvenillia, las historias de los Hermanos Harrison y todo lo que ponían ante mi vista, devore bibliotecas escolares, bibliotecas municipales y con los años me convertí en una obsesiva compradora de libros.
Para jugar estaban mis hermanas, por ese momento tenia dos, con la primera me llevo en edad un año y medio, con la segunda cinco años…mi hermana menor vendría cuando yo ya tendría 9 años y se convertiría entonces en mi muñeca, me acuerdo claramente de las siestas haciéndola dormir en su moisés y de sus primeros pasos. Tuve una infancia feliz, con peleas, porque éramos cuatro hermanas mujeres y terribles, lo mejor de esa infancia fue mi abuela materna…una mujer que tendría 13 años para toda la vida, en su casa jugábamos al carnaval y ella nos subía los baldes de agua al primer piso para ensopar a los que caminaban por la vereda, ella cruzaba en puntillas, a las doce de la noche, a la casa de enfrente para tirar bajo la puerta las inocentes cartas de amor para el vecinito, ella me dio el primer sorbo de vino y de anís, mi primer cigarrillo lo compartimos juntas, ella me dejaba trasnochar frente al televisor mirando a Narciso Ibáñez Menta y su temible “Pulpo Negro”, con ella me enamore de la escritura de Alejandro Dumas…fue siempre una niña y cuando se fue un pedacito de mi corazón quedo vacío.
Los años pasaron y seguí soñando despierta tras las hojas de un libro, me enamore unas cuantas veces, me di cuenta que mis padres eran excepcionales, aprendí que mis hermanas no eran, ni pensaban como yo, pero que algo invisible nos mantenía unidas, me fui a vivir sola y a estudiar, hice amigos increíbles, algunos hoy están lejos pero los siento muy cerca, conocí a J cuando tenia el corazón como piedra y él le gano a mi resentimiento y volví a enamorarme, en el camino perdí a seres queridos y amados, algunos para siempre, otros la vida dirá. Y crecí y gracias a todo lo anterior me convertí en esto que soy hoy…alguien que camina despacio disfrutando el sabor de esta vida, alguien que no le esquiva el bulto a la pena porque la hace mas fuerte, alguien que quiere aprender a pedir perdón, alguien que persigue su sueño por lejano que parezca . Tengo 33 años y ha sido hermoso el tramo de vida recorrido.-